Bienvenidos

La apertura de este espacio, conlleva la intención de interactuar con los lectores de la revista Semanario del Meridiano 107, conocer sus opiniones, enriquecernos con sus comentarios y complementar nuestros servicios editoriales.
Este sitio se ve mejor con Firefox de Mozilla. Descarguelo haciendo click aqui.

viernes, 29 de agosto de 2014

Crónica


Así eran José Alfredo Jiménez, Benjamín Licón y el pediatra Carlos Villamar Talledo

Memorias de Jesús González Raizola*

Me dirijo a  mi respetado amigo don Oscar Hernández Licón para decirle que leí en su periódico Ayer Deportivo  de mayo de 2014 un espléndido texto biográfico sobre don José Alfredo Jiménez  en el que se indica es de la autoría de Héctor Javier Almanza Bustillos, y eso me hizo recordar con mucho gusto un gesto de generosidad que en el año de 1959 tuvo don José Alfredo para con el Hospital Infantil de Chihuahua que dirigía el reconocido pediatra doctor Carlos Villamar Talledo, mismo que años después fue Rector de nuestra aún NO autónoma Universidad de Chihuahua.
Yo trabajaba como reportero de El Heraldo, miembro de la cadena de periódicos García Valseca, que se ubicaba en la Calle Aldama esquina con Calle 15, frente al monasterio que estaba precisamente atrás del templo de San Francisco, en pleno corazón del Chihuahua de entonces.
Entre mis fuentes informativas, que debía visitar a diario, se encontraba el Hospital Infantil con modestas instalaciones pero con un personal tan responsable de su deber, que Villamar recibía felicitaciones de muchas casa de salud de ese nivel debido a que trascendían las muy atinadas curaciones, intervenciones quirúrgicas, rehabilitaciones físicas, etcétera, de la máxima calidad profesional, que recibían allí los niños –y la niñas, como petulantemente se dice ahora – que llegaban a ese lugar con su salud deteriorada.
Los reporteros de aquella época, repito, tenían como obligación no eludible conocer a fondo sus fuentes informativas, a  grado tal que su presencia constante en ellas les permitía conocer sus realidades, sus adelantos, sus proyectos, su carencias, a las que no era ajeno el Hospital Infantil y eso agobiaba a Villamar que siempre se proponía como meta, multiplicar la eficacia de aquella institución de salud  a su cargo.
El Hotel Hilton, ya no recuerdo si en el piso 4 o en el 5 contaba con un elegante y enorme recinto, acondicionado al efecto para albergar reuniones multitudinarias, que unas  eran de esparcimiento, saraos sociales, actos culturales, pláticas y conferencias de elevado nivel,  recepciones y banquetes políticos, etcétera, llamado Salón Panamericano en el que cada mes se realizaba un suntuoso baile, con cena y variedad, que contrataba personajes artísticos destacados del mundo del cine, del radio, del teatro y de la televisión, casi siempre de la ciudad de México pero también de Europa y de los Estados Unidos.
Aquella vez el Hilton anunció que al evento mensual correspondiente vendría el cantante nacido en Chihuahua Miguel Aceves Mejía, quien al decir del doctor Villamar era su amigo de adolescencia y de juventud, por lo que con esa confianza y la muy conocida solvencia económica de ese artista me pidió, que a su llegada al aeropuerto, le solicitara la donación de un pulmotor, incubadora u oxigenador que requería el Hospital, porque de los cuatro con que contaba, unos de hecho ya no era eficiente, como se requería apara atender,  debidamente, a los niños sietemesinos o los que nacían con deficiencias orgánicas respiratorias.
Debo aclarar que el inolvidable maestro periodista, don Benjamín Licón de la Rosa, Jefe de Redacción del El Heraldo, me ordenó reportear, también, y crear la columna llamada Aeropuerto, junto con los fotógrafos Jesús Berumen y Chencho Villalobos, yendo a diario, a la llegada del avión de Aeronaves de México, procedente de la capital del país, a las once de la mañana, hasta el aeropuerto que era nuevo, casi recién inaugurado, a fin  de detectar entre los viajeros a quienes pudieran darnos información de interés general según el rango de la actividad comercial, empresarial, agrícola, ganadera o política a que se dedicaban.
Llegó, pues, Miguel Aceves Mejía y cuando al bajar de la escalerilla del avión le hablé para darle el recado de Villamar, ni siquiera volteó a vernos, iba casi corriendo, y así me dijo que él no venía a regalar cosas, venía a una actuación artística importante, y que no se explicaba porque Villamar le mandaba el recado conmigo, pues debería dirigirse a su representante en México.
Claro que cuando le informé al doctor Villamar se puso triste y pude escucharle que musitó: «Fuimos muy amigos de chicos, pero ya se le subió la fama a este cuate…»
Mese después, creo que por diciembre de ese mismo 1959 el Hilton anunció que vendría a actuar, en su famoso Salón Panamericano el compositor nacido en Guanajuato, y ya de mucho renombre, José Alfredo Jiménez, y el doctor Villamar, que sabía que yo iba todos los días a la llegada del avión de México, me pidió que repitiera la petición ante el guanajuatense.
 Con todo el respeto que le tenía, le dije que no lo haría. Que aún me dolía la humillación que me hizo Aceves Mejía. Y que en este caso, sin ser el presunto de Chihuahua, bien podría despreciarme tan feo, tan vergonzosamente como aquel lo hizo. Y le reiteré que esta vez no podía complacerlo. Que en cualquier otra forma estaba yo dispuesto a solidarizarme con él para obtener el pulmotor, pero no pidiéndoselo al tal José Alfredo Jiménez.
Esa tarde, cuando llegué a la Redacción del El Heraldo y antes de que me pusiera a escribir mis notas informativas del día, me llamó el Jefe de Redacción, don Benjamín Licón de la Rosa, para decirme:
–Jesús Manuel: dele  a José  Alfredo Jiménez la petición del doctor Villamar, quien quite y peguemos el chicle.  ¿Qué le cuesta? Usted va a tener que hablar con él  de todos modos. Hágalo no por Villamar, ni porque yo se lo ordeno sino por los niños del Hospital Infantil de Chihuahua. Dígale y explíquele que el pulmotor es muy necesario. Usted ya sabe cómo hacerlo. Pero no se le pase.
Es cierto, me disgustó, en principio la orden de Licón.
Pero sus últimas palabras, en las que se refirió a los niños, a los niños enfermitos en el Hospital Infantil, me convencieron de que a don Benjamín de la Rosa no podía escabullírmele. Era mi Jefe. Yo le conocía su ternura humana. Disfrutaba de su cariñosa amistad. Disfrutaba de su cariñosa amistad. Pero también le conocía si inflexible exigencia para que se cumpliera, y hacer cumplir sus órdenes en el trabajo periodístico.
Así que, no me quedaba de otra que hablar con José Alfredo Jiménez, deduciendo por evidente, que Villamar le había dicho a Licón mi resistencia al efecto, pues eran grandes amigos, como era Licón de todo mundo, y que Villamar le había pedido a Licón que por su alta jerarquía me obligara a realizar aquella entrevista.
Bajaron todos los pasajeros del avión pero no apareció el señor José  Alfredo Jiménez. «Si, me dijo una azafata: faltan dos personas que  aún se encuentran en cabina. Pero ya van a salir».
Por alguna razón quiso el compositor de Guanajuato bajar al  último.
Con pasos lentos dejaba arriba cada escalón de la escalerilla.
Lo encontré. Le dije lo que tenía que decirle. Se detuvo. «Espérame en la sala», le dijo al señor, bien trajeado, que le acompañaba y que llevaba colgando de sus brazos dos pequeñas pero finas maletas. Se acercó a nosotros. Me puso su mano derecha sobre mi hombro izquierdo. Su aliento era marcadamente alcohólico. Su rostro mostraba barba incipiente pero visible. Su guayabera blanca parecía ajada y medio sucia. Daba la impresión de que era  todo él ojos y oídos suyos para nosotros. Y luego, calmadamente empezó a propinarme un verdadero machetazo a caballo de espadas mediante un prolongado interrogatorio:
–¿Dice usted  que la petición la hace el Hospital Infantil?
–¿Dice usted que ese aparato puede resucitar a un niño enfermo?
–¿Dice usted que el Director del Hospital le dijo que me lo pidiera?
–¿Está muy lejos del Hotel Hilton, donde estaré hospedado, el Hospital Infantil?
–¿Podré ir hoy mismo ir a conocer ese hospital Infantil?
–¿Ustedes me llevarían, digamos dentro de dos horas al Hospital?
–¿Entonces los esperaré a las dos de la tarde, ahorita son las once y media, en el lobby del Hotel Hilton para ir al Hospital Infantil
En eso llegaron varias personas , los directivos del Hotel Hilton, para recibirlo y trasladarlo, como huésped y como visitante distinguido, y yo corrí al primer teléfono público en los pasillos del aeropuerto a darle, con  detalles, la buena nueva al doctor Villamar.
–¿Y ahora qué hacemos?, me preguntó, como niño ingenuo, como dudando de que Jiménez iría  allí, a con Villamar, dentro de poco menos de dos horas.
En auxilio a su sorpresa le dije a Villamar que lo llevaríamos primero a recorrer las instalaciones del edificio. Que daríamos tiempo suficiente para que conociera a detalle el área de las incubadoras. Que terminaríamos en la oficina del director. Que se le ofrecería un vaso con agua. O un café. O que, con suma sutileza, Villamar le preguntaría: ¿O prefiere un traguito, señor Jiménez?,  para lo cual  Villamar mandaría comprar, de inmediato, una botella del mejor  tequila que hubiera en Chihuahua. Y que entretanto, le  mostraría los dos catálogos de equipos e instrumental para hospitales que Villamar tenía en su escritorio, en los que venían, ilustrados con fotografías a color los precios respectivos, varios modelos de incubadoras, que vendían, que trasladaba e instalaba personal especializado de aquellas casas fabricantes de tales equipos en los Estados Unidos.
A las dos, Chencho y yo, en su carrito chevy 1952, recogimos a don José Alfredo que ya nos esperaba en el lobby del hotel Hilton.
Era otro. Pulcramente aseado. Bien afeitado. Con una guayabera de fibra de henequén de Yucatán blanquísima y finísima, en la que resaltaban las rayas en las mangas de un minucioso planchado. Olía, ahora a un agradable aroma de loción que se aplicó al rostro después de rasurarse.
Ya frente a la puerta del Hospital, preguntó «¿Qué es allí?» Cuando vió la fachada y las torres del Santuario de Guadalupe. «Vamos,  primero, yo entro y salgo del templo en menos a de un minuto» Y fuimos, en el carro de Chencho hasta la mera puerta pues no estaba cerrada la calle de entre el Santuario y el Monumento a la Madre, como ahora.
Ya en el Hospital se hizo todo lo previsto.
Con uno de los catálogos en la mano, le preguntó al doctor Villamar cuál de aquellos aparatos sería el más adecuado, el más útil, el que más le conviniera al Hospital Infantil, y al decírselo Villamar preguntó cuánto era en  moneda mexicana la cantidad en dólares que allí se indicaba.
–Son setenta y cinco mil pesos, señor Jiménez, le dijo Villamar.
El compositor se levantó del asiento, de la bolsa izquierda trasera   del fino pantalón negro que vestía, sacó la chequera. Hizo el cheque, pero al ir a entregarlo  a Villamar, advirtió que Chencho ya apuntaba su cámara para tomar la foto de ese importante y singular momento.
–No vaya a tomar ninguna foto–, le dijo a Chencho.  –Y usted– , me dijo a mí, – no vaya a publicar ni una sola línea de este momento. Estas cosas yo las hago de corazón. Yo no las hago por publicidad. A mí me sobra la publicidad. Estas cosas las hago de corazón, y con más corazón cuando se trata de ancianos y de niños. No las hago con afán publicitario o de publicitarme. Las hago porque me nacen del corazón. Le pido no vaya a divulgar lo hecho en este momento. Pierde Valor. Pierde autenticidad. Yo estoy aquí porque me prometí a mí mismo venir a  hacer esto cuando oí que se trataba de niños enfermos, hijos de familias muy necesitadas. Por favor, ni una foto ni una línea escrita. Por favor…
Luego, le dijo a Villamar: «Este cheque es del mismo banco que está aquí en contra esquina del Hotel Hilton. Preséntelo mañana, pues ya dan servicio los sábados. Y si hay algún problema vaya por mí al cuarto 114 del Hotel Hilton y yo hago que se lo cambien, que se lo hagan efectivo.
Chencho y yo lo llevamos al hotel. Ya  presentíamos un mal rato  por  no llevar  las fotos y yo por llevar la prohibición de don José Alfredo para no escribir «ni una línea», como él dijo.
Y tal cual lo imaginamos así sucedió.
Don Benjamín Licón se puso rojo de coraje, enfurecido, cuando le dijimos que no llevábamos ni foto ni nota informativa. Le ganaba a don Benjamín su celo profesional, su calidad de periodista completo, como ya no los hay en la actualidad, por eso ante él, ante una falla en el trabajo para el periódico, era imperdonable, era un delito, era algo que don Benjamín no justificaba con nada ni por nada.
Diez días de descanso obligado, sin salario, nos aplicó don Benjamín a Chencho y a mí, por aquel incumplimiento del deber de trabajo que para don Benjamín no tenía explicación ni justificación alguna.
Así era, así eran ellos. Así era don José Alfredo Jiménez. Así era don Benjamín Licón de la Rosa. Así era el doctor Carlos Villamar Talledo. Los tres, de memoria imborrable. De recordación eterna.
Jiménez ayudó, sin quererlo y sin saberlo, al gobernador Teófilo Borunda, quien no había autorizado ni la compra del pulmotor no otros requerimientos del Hospital Infantil,  porque las finanzas del gobierno estatal estaban muy quebrantadas.
Así eran ellos.

*Premio Nacional de Periodismo1973

El regreso a clases



El pasado lunes regresaron a la escuela cientos de miles niños y jóvenes chihuahuenses, nada más en Ciudad Juárez se da la cifra de 300 mil niños y con el retorno a la escuela se avivan viejas polémicas y problemas.
Entre los problemas que resurgen es el relacionado con las llamadas «cuotas voluntarias» que siempre han sido obligatorias y se recuerda el dicho del señor gobernador el año pasado, cuando dijo que estaban prohibidas las cuotas escolares y después matizó y se dijo que estaban prohibidas las cuotas en el caso de que se exigieran para la inscripción; que tenían el carácter de voluntarias.
Concretamente en Ciudad Juárez se presentó un problema grave dado que cien maestros de nuevo ingreso no llegaron a ocupar su plaza, nuestra ciudad sigue arrastrando la fama de urbe violenta y se dan casos en que doctores o como en este caso maestros, aun cuando obtengan plaza en esta frontera, se rehúsan a ocuparlas por la leyenda negra que pende sobre la ciudad.
La situación económica de miles de familias, ha hecho crisis por los costos de regreso a clases, ya que se calcula en cuatro mil pesos el gasto que se debe hacer entre útiles escolares, uniforme e inscripción, por cada uno de los miembros de la familia en edad escolar.
A los onerosos gastos y falta de maestros se aúna en el caso de Juárez, la gran cantidad de escuelas vandalizadas durante el período vacacional, ya que no existe una medida de vigilancia y protección para las instituciones educativas durante estos meses.
Se multiplican las denuncias de robo de motores de aires acondicionados, tuberías, equipo de cómputo y otros enseres propios de las tareas escolares. Fue un triste regreso a clases.  Editorial ed. 1150

viernes, 22 de agosto de 2014

Los orfanatos mexicanos son agujeros negros para la niñez

 
Algunos de los niños y niñas que acoge 
Villa Infantil Irapuato, donde se cumplen altos
 estándares de atención y cuidado. Pero otros muchos 
menores acogidos en albergues en México viven en estado
 de indefensión. Crédito: Cortesía de Laura Martínez.



MÉXICO,  D.F., (IPS) - Los albergues que acogen en México a niños y niñas huérfanos o en situación vulnerable, carecen de la necesaria regulación y supervisión del Estado, lo que propicia que se produzcan violaciones escandalosas de sus derechos humanos en esos centros.
«La situación es grave. No se piensa en el interés superior del niño. Se violan sus derechos», aseguró Laura Martínez, directora del no gubernamental Patronato Pro Hogar del Niño de Irapuato, en la ciudad de ese nombre del central estado de Guanajuato, a unos 300 kilómetros al norte de Ciudad de México.
«No hay un censo nacional, dónde están, quién los atiende, bajo qué metodología. Tendríamos que estar bien regulados, bien supervisados. Las regulaciones no se cumplen y no existe legislación al respecto», denunció a IPS.
Su albergue, conocido popularmente como Villa Infantil Irapuato, opera desde 1969 y tiene capacidad para atender a 40 niños y niñas huérfanos o en situación de riesgo de entre seis y 20 años. Desde 2003 funciona con su propio protocolo de atención.
Los acogidos son remitidos por la oficina estadual del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) y se nutre con financiamiento público y privado.
La institución funciona en un escenario de  falta de registro y legislación, normas incumplidas, supervisión inexistente, carencia de profesionalización y de recursos financieros, en una situación que especialistas consideran que es violatoria de tratados internacionales suscritos por el Estado mexicano.
En este país de 118 millones de personas, unos 45 millones menores de 18 años, existen unos 700 centros de acogida públicos y privados que resguardan a 30,000 de ellos. Pero la Red Latinoamericana de Acogimiento Familiar indica que unos 400,000 menores mexicanos carecen de tutela parental y de ellos 100,000 sobreviven en las calles.
El último escándalo con el manejo de estas instituciones estalló el 15 de julio, cuando la Procuraduría (fiscalía) General anunció el rescate de 596 personas, entre ellas 492 niños, del albergue «La Gran Familia», en la ciudad de Zamora, en el occidental estado de Michoacán. Eran víctimas de maltrato y sobrevivían en condiciones paupérrimas.
Lo fundó en 1967 y dirigía Rosa del Carmen Verduzco, conocida como «Mamá Rosa», a quien se catalogó de «inimputable» por cuestiones de edad y de salud, mientras se procesa penalmente a seis de sus colaboradores por secuestro, maltrato infantil y abusos sexuales. El 30 de julio el centro fue clausurado definitivamente.
«El Estado tiene un retraso de 30 años en la garantía de los derechos de la infancia en políticas públicas. Nunca ha supervisado estos establecimientos, son más bien asuntos coyunturales en los cuales se acuerda y voltea la mirada hacia ellos», denunció Martín Pérez, director ejecutivo de la mexicana Red por los Derechos de la Infancia.
Como el Estado no da dinero, tampoco supervisa. «Y eso deja en indefensión a las niñas y niños. Los albergues se convierten en una caja negra, nunca se sabe el método educativo, los aportes o los daños», indicó Pérez a IPS.
Aunque sin las dimensiones del caso de «Mamá Rosa», las irregularidades en los alberges que adquieren dimensiones de noticia no son excepción.
El 17 de junio, las autoridades rescataron a 33 niños de entre 5 y 17 años y otros 10 jóvenes de 18 a 24 años de la Casa Hogar Domingo Savio, en la central ciudad de Puebla, ante indicios de ser víctimas de abusos de su director.
En 2011, 19 niños fueron liberados del Instituto Casa Hogar Nuestro Señor de la Misericordia y Nuestra Señora de la Salette en Ciudad de México, que eran sujetos de ultrajes y amenazas de muerte para que no denunciaran las condiciones en que vivían.
Dos años antes, las autoridades recobraron a 126 menores maltratados en los albergues «Casitas del Sur», administrados por la no gubernamental Reintegración Social. Además, detectaron la desaparición de 15, de los cuales tres continúan perdidos.
La Ley de Asistencia Social obliga a la Secretaría (ministerio) de Salud a monitorear a los centros de acogida, pero esa supervisión es prácticamente inexistente.
Preocupación internacional
Desde hace más de una década, México está en la mira de instancias internacionales por esas prácticas.
En sus recomendaciones de 2006 al Estado mexicano, el Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas manifestó su preocupación por el alto número de niños trasladados a instituciones privadas sin que se tenga control de ellas, por lo cual recomendó crear un directorio y una base de datos de los menores en esa situación.
«Al Comité le preocupa la falta de información sobre los niños que han sido separados de sus padres y viven en instituciones. El Comité toma nota del gran número de niños que viven en instituciones administradas por el sector privado, y lamenta la falta de información y de supervisión de esas instituciones por parte del Estado», cita el documento.
Por ello, el Comité que vigila el cumplimiento de los países de laConvención sobre los Derechos del Niño, recomendó que el Estado establezca reglamentos basados en esos derechos, promulgue leyes eficaces, fortalezca estructuras como la familia extensa, capacite mejor al personal y asigne más recursos a los órganos pertinentes.
En el informe «Derechos del niño y la niña a vivir en familia. Cuidado alternativo. Poniendo fin a la institucionalización en las Américas» la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) urgió en octubre a los Estados a adoptar regulaciones sobre la autorización y habilitación de las instituciones de acogimiento, los estándares de prestación del servicio, los mecanismos de supervisión y control, y sanciones adecuadas.
«La institucionalización expone a los niños a mayores riesgos de sufrir diversas formas de violencia, abuso, negligencia, e incluso explotación, en comparación con los niños que se encuentran en otras modalidades de cuidado alternativo», concluyó la CIDH, que forma parte del sistema de la Organización de Estados Americanos.
La sociedad civil mexicana plantea una ofensiva para que el Estado cumpla con las obligaciones asumidas.
Durante el 69 periodo previo de sesiones del grupo de trabajo, que se realizará entre el 22 al 26 de septiembre, una delegación de niñas y niños, junto con el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y organizaciones no gubernamentales presentarán en Ginebra un informe sobre la situación de la niñez, que incluye a los menores sin cuidados parentales.
Entre mayo y junio de 2015, el Comité de los Derechos del Niño, compuesto por 18 expertos independientes, evaluará a México.
Además, la relatora sobre los Derechos de la Niñez de la CIDH, la paraguaya Rosa María Ortiz, visitará México en octubre para elaborar un reporte sobre la situación en el país.
«Planteamos que es necesario evitar la institucionalización, tener una ley general de cuidados alternativos y que es urgente contar con información clara y detallada sobre los niños y niñas en las instituciones», explicó Pérez.
Para Martínez, es muy importante revisar el modelo de atención de cada una de las organizaciones. «Todo se queda en un modelo asistencialista. ¿Y quién puede garantizar el seguimiento de los casos? El camino va por otro lado, el de trabajar para que el niño se desarrolle», inquirió.
Editado por Estrella Gutiérrez

Enjuician a presunta «Mamá Rosa» juarense


   Soledad Griensen Porras, directora del albergue «Mujeres Unidas contra la Violencia», fue denunciada por sus presuntas protegidas y tras un cateo en el lugar, fue detenida el 18 de octubre de 2011 acusada de abusos y agresiones en perjuicio de las menores que acudían a ese centro de ayuda, financiado por fondos públicos.
            El juicio contra Griensen inició ya y la pena mínima que demanda el Ministerio Público es de 347 años de prisión por su presunta responsabilidad en los delitos de privación de la libertad, trata de personas, abuso sexual y lesiones.
La defensa, encabezada por el licenciado Héctor González Mocken señaló al Tribunal que no hay pruebas para destruir el principio de inocencia que le asiste a la acusada y aseguró que por más de 15 años ella estuvo asistiendo a mujeres víctimas de la violencia.
            En la acusación, se estableció que entre marzo y el 18 de octubre de 2011, mediante coacción moral y el engaño, Soledad Griensen ejerció un abuso de poder y vulneró la voluntad de siete mujeres, pues las amenazaba de muerte para retenerlas.
           Además, se expuso, las obligaba a realizar trabajos de servidumbre y no las dejaba salir solas. A una de ellas la forzó a  establecer relación con un agente federal el 17 de octubre de 2011.
          A otra de las supuestas víctimas la obligaba a dar masajes a un hombre identificado como José Santos y de otra de ellas se presume obtuvo un beneficio económico por ofrecer sus servicios sexuales a partir de septiembre de 2011 y hasta que fue detenida Griensen, un mes después.
También es señalada por prostituir a las mujeres en las propias instalaciones del albergue, a partir de mayo de 2010.
Además se le atribuye que entre abril y el 18 de octubre de 2011 en las instalaciones del albergue, hizo tocamientos y colocó un chile en las partes íntimas de una menor de 4 años, esto sin propósito de llegar a la cópula.
            Respecto al delito de privación de la libertad por el total de las víctimas la representación social pidió un castigo de 135 años de prisión y una multa equivalente a 120 veces el salario mínimo; 10 años y tres meses por el ilícito de abuso sexual agravada; 196 años de cárcel trata de personas y seis años por el ilícito de lesiones en comisión por omisión. (Con información de El Diario, de Juárez).