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jueves, 27 de agosto de 2009

Guardamemorias

Reseña de la película Distrito 9
Por José Manuel García


Distrito 9, del director Neill Blomkamp, 2009.

Con la verosimilitud que da la exageración calculada aparece en el cielo de Johannesburg, sud-África, una nave nodriza similar a la de Independence Day. Pero no son marcianos sicarios que vienen en esa nave, son más bien migrantes de un incierto universo. Migrantes hacinados, hambrientos, enfermos, asustados. Tres meses después de que la nave nodriza flota sobre Johannesbur, el gobierno blanco decide contratar a una corporación, la MNU Multi National United, para primero ubicarlos en un mega-ghetto de un millón y medio de “aliens”. Remember “Alien Nation” (1988).
Al principio hay intentos de integración de los recién venidos y la población humana. Pero la xenofobia que todos llevamos dentro opera a todos niveles sociales y explota en las calles y los establecimientos. Los marcianitos, son virtualmente hechos prisioneros en espera de que mueran lo más pronto posible.
Digo marcianitos por una mera referencia cultural mexicana, porque los “aliens” parecen langostas paradas, grillos de dos metros de largo, con algo de Dr. Zoidberg (Futurama, de Matt Groening), con mucho de la mosca-Dr. Brundle (The Fly); los humanos los llaman “prawns” o camarones (por las tenazas). Los “aliens” se dedican a actuar nerviosamente ante los humanos; a comer basura, de preferencia carne de cerdo, de preferencia comida enlatada para gato. Hablan mediante sonidos crackeantes. No hay posibilidad de que los humanos y los insectoides (camaronoides) se unan en santa paz: los primeros llevan al extremo su “profiling” racista que llega al regusto camaronicida: 10 minutos de masacre televisada para gusto y celebración de los humanos. Los camarones del espacio, por su parte, no tienen el menor deseo de aprender buenos modales: andan de eternos y desesperados pepenadores, de desesperados junkies de comida gatuna; en fin, de extraños, lejanos seres bestiales.
Tiene que venir el mega-baboso-bonachón y cumplido burócrata kafkiano, Wilkus Van der Merwe (Sharlto Copley), para cumplir la tarea de la empresa militar-mercenaria que tiene la misión de poner a los camarones en un campo de concentración y con miras a un camaronicidio organizado.
El bobo Wilkus irá a los ghetos camaroniles a pedirles atentamente que desalojen el lugar, que serán reubicados. El burócrata de chistes fáciles y fallidos, será perseguido por una flotilla de cámaras que dejarán constancia de la legalidad del desalojo de los marcianitos. La primera parte de la película seguirá el vértigo del docu-drama o fake-documentary tipo Cloverfield y su bebé-godzilla gigante. Luego, el director pasará al vértigo de los duelos humano-insectoides y las persecuciones a cámara rápida.
La película no se pierde: la sostiene la alegoría del Apartheid. Al llegar los “aliens”, la sociedad humana se refugia en la violencia humanocentrista. Nosotros, los espectadores también nos definiremos, gracias a otro accidente, otra sorpresa que transforma la película y abre un subtexto pro-alienígena: el baboso Wilkus, se contamina de un extraño virus que lo convierte poco a poco en un “prawn”, un camaroncete: lloriquiando por su amada, anhelando volver al hogar-dulce-hogar, es obligado a convertirse en carne de experimentación por la compañía privada en la que trabaja. Gracias a que su cuerpo está convirtiéndose en insectoide, aprende (y aprendemos) la dura vida de los marcianitos exiliados: que verdadera joda es ser langosta parada ante una civilización que rechaza a lo extraño, a lo “otro”, que es “freak”, lo monstruoso que debe ser exterminado. Los “aliens” obligan a la humanidad a sacar del closet su miedo disfrazado de civilización.
Comenzamos a simpatizar con los marcianos, no por su carisma físico (Starman), sino por su condición de extranjeros, de víctimas, de seres que, al fin descubrimos, tienen una sola meta: irse, volver a su hogar- marciano-hogar. Y esto lo sabremos por el niño marciano que se esconde para ver cómo madrean a su científico-marciano padre. Los gritos del chavito insectoide nos remitirá al E.T. que berrea por su “home”. Mientras el híbrido Wilkus, deja de ser el ingenuo babas y pasa a ser un héroe marciano. Torpe como el héroe de Children of Man (Cuarón, 2006), pero generoso y solidario para que el “alien” científico alcance a subir a la nave nodriza y prometa al neo-insectoide Wilkus, que lo curará en tres años más (que es la promesa de una película secuela).
Wilkus es el héroe, similar también al burócrata de la película Brazil (de Terry Guilliams de Monthy Pyton, 1985): Wilkus se quedará tejiendo románticas flores para su amada esposa, igual que el Sam Lowry, de Brazil, generoso en el sacrificio final por la amada…ilusión.
Uno acaba solidarizándose con los “aliens”, los eternos perseguidos (“...Desahuciado está el que tiene que marchar / a vivir una cultura diferente…”), los “scapegoats” (chivos expiatorios) de los miedos de las “grandes” y “poderosas” culturas. También, uno siente una absoluta simpatía con el marcianito E.T. (“Home…home”) y con el desafortunado en la genética, pero afortunado en el amor, el buen señor K-Wilkus.

Agosto 2009

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