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lunes, 8 de abril de 2013

Columna





Estrictamente personal
Llegó abril; Borges en Chihuahua

Por Antonio Pinedo


El próximo 22 de abril cumpleaños la menor de mis hijas, y el día 30 sería el aniversario de Beatriz Viterbo, el amor que llenó los años de Borges ya en los treintas.  Jorge Luis Borges aún acudía a la casa de Beatriz luego de catorce años de su fallecimiento ocurrido en febrero de 1929.
                Hay en Italia un pueblo llamado Viterbo y el odiado primo de Beatriz, luego de dos generaciones aún conservaba «la ese italiana y la copiosa gesticulación». Lo anterior lo supe muchos años después de haber conocido a Borges, me lo presentó en la ciudad de Chihuahua Eduardo Osorio, el poeta del insomnio, allá por 1980. Gracias a Osorio, concurrí durante siete noches a maravillarme con igual número de conferencias del argentino.  
                Tal vez fue en abril la presentación.  Abril, mi hija, tiene las manos hermosas, tal vez no tan grandes y afiladas como las de Beatriz. Abril es alta, de engañoso aspecto frágil, igual que Beatriz, alta y frágil, sólo que el amor de Borges era ligeramente inclinada, en cambio mi hija es erguida y cabal.
                El encuentro con Borges fue memorable, precisamente en la redacción del diario Norte, en la ciudad de Chihuahua, ahí en la oficina de don Carlos Loret. En la misma péqueña oficina en donde rodaba una copia del original mecanográfico de Los Pasos de López, por lo menos un par de años antes de su publicación y desde luego antes de la muerte de Jorge Ibargüengoitia; contenía correcciones de la mano del autor el mecanoescrito.
                El argentino y sus conferencias fueron toda una revelación para mí. Por casualidad vi, un poco después de este encuentro con Borges, un cortometraje que se basaba en el cuento «El Muerto», por supuesto recuerdo la imprudente audacia de Benjamín Otálora; pero eso fue después de las siete pláticas que iniciaron con uno de los temas favoritos de Borges: Dante y «La Divina Comedia», por cierto trabajaba en Norte Luz Aidé Alvidrez Donati, la princesa nocturna, la recuerdo ahora  porque Donati es el segundo apellido de Dante y Beatriz su gran amor.
                La segunda noche habló de sueños y pesadillas. Recuerdo que Alejandro Irigoyen siempre soñaba con su padre montado en un caballo blanco, sólo hablaba de sus sueños en las comidas convertidas en cenas y vueltas amaneceres, era cuando yo me retiraba fatigado y él continuaba con sus largos delirios y amenas charlas.
                En su conferencia sobre los sueños y las pesadillas, vuelve Dante y va hasta el inaccesible Boecio, el último romano y el ya conocido Frazer; Irigoyen insistió en que lo conociera y agradezco su tozudez, La Rama Dorada, siempre está cerca para visitarla cada vez que sea posible o necesario. Sobre el tema es imprescindible Calderón de la Barca, por aquello de que la vida es sueño.
                Abrumó Borges con sus referencias y erudición, pero recuerdo especialmente que le gustaba el término nigthmare, como también se refiere en inglés a la pesadilla. Dice Borges, que Víctor Hugo sacó de este término su propio «cheval noir de la nuit», sólo convirtió la yegua nocturna en caballo. Cuando digo que le gustaba el término no digo que no lo considerara terrible. Dante otra vez, por supuesto Virgilio, Ovidio, Lucano, Homero; pero Dante siempre.
                El próximo 22 de abril, quisiera darle a Abril mil y un besos, por la sencilla razón de que Borges en su tercera noche me hizo entender la finitud de mil y lo infinito e inconmensurable de mil y uno.
                Entre tantos desconocidos me sentí cómodo cuando habló de Robert Graves, quien ya me había platicado a instancias de Alejandro Irigoyen del emperador Claudio. Lo mismo me pasó con Spengler a quien conocí por los mismos oficios. Allí estuvo el opiómano inglés Thomas de Quincey, quien ya me había hablando de lo obsesivamente puntual que era Kant y la extraña particularidad de que no sudaba.
                Dueño de sus temas, habló del budismo, la poesía, la cábala y la ceguera, su propia ceguera, de la que dijo aún distinguía los amarillos.
                Abril empieza, Beatriz cumpliría años de vida, muchos, demasiados si la muerte no se la hubiera llevado joven, Abril los cumple una semana antes. El mes empezó y en cada uno de sus días hasta el 22 llevare la cuenta diaria; probablemente también cuente los días restantes del mes y recuerde a Beatriz, como lo hizo el joven Borges, a quien tuve la fortuna de conocer en Chihuahua.

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